La Daga de la Ceguera (El Portador de Luz 2) by Brent Weeks

La Daga de la Ceguera (El Portador de Luz 2) by Brent Weeks

Author:Brent Weeks [Weeks, Brent]
Format: epub
ISBN: 9788415831136
Publisher: Random House Mondadori
Published: 2013-07-07T16:00:00+00:00


71

Puño de Hierro se dirigía a los aposentos de la Blanca, en lo alto de la torre, cuando vio unos guardias negros apostados ante la puerta del Prisma. Puesto que acababa de despedirse de Gavin, solo podían estar allí por orden de la anciana.

El comandante llamó con los nudillos.

—Adelante —dijo la Blanca.

Estaba sentada en su silla de ruedas. Frente a ella se encontraba de rodillas Marissia, la esclava de cámara de Gavin Guile, con la cabeza apoyada en el regazo de la Blanca. La esclava tenía las mejillas surcadas de lágrimas, y la Blanca intentaba consolarla.

—Gavin Guile ha vuelto. Está en la planta de abajo —dijo Puño de Hierro. La en ocasiones explosiva relación entre la Blanca y el Prisma no necesitaba la tensión añadida de que Gavin descubriera a la Blanca en su habitación. Gavin era muy celoso de su intimidad.

Marissia se levantó de un salto, enjugándose los ojos con un pañuelo.

—¡Oh! Lloro una vez al año y precisamente... Madre, gracias. Haré lo que me habéis dicho.

—Que Orholam te bendiga, pequeña. Nosotros nos vamos, para que tu vida no se vuelva más complicada de lo imprescindible —dijo Orea Pullawr—. ¿Comandante?

Puño de Hierro llevó la silla al pasillo. Pese a su carácter práctico, evidenciaba también la creciente fragilidad de la anciana. Menos de dos meses atrás, la Blanca se habría negado terminantemente a permitir que la empujaran de un lado a otro como si fuera una inválida.

Tampoco tomó el relevo mientras recorrían el pasillo. Parecía cansada.

Uno de los guardias negros encabezaba la comitiva, mientras el otro cerraba la marcha. Incluso allí, velaban por su integridad.

—Una de las desventajas de hacerse mayor, aunque nunca me había parado a pensarlo —dijo la Blanca mientras Puño de Hierro depositaba la silla ante su escritorio y la soltaba, para sentarse frente a ella—, es que dificulta tremendamente las labores de espionaje.

—Creía que delegaríais esas tareas en otros —dijo Puño de Hierro.

—Nunca se puede dejar todo en manos ajenas. Eso te sitúa a merced de tu maestro de espías. O maestra, según se mire.

¿Maestra de espías? ¿Cómo? ¿Se refería a...?

—¿Marissia? —preguntó Puño de Hierro, con incredulidad—. ¿Es vuestra...?

La Blanca guardó silencio durante largo rato, y la mente de Puño de Hierro pugnó por asimilar todas las implicaciones. Marissia poseía acceso ilimitado a esa planta, en todo momento, pero también podía moverse libremente entre los demás esclavos de la torre. Su posición como esclava del hombre más importante del mundo situaba su existencia en una zona gris social: si lo necesitaba, podría codearse con el sirviente más humilde, o coquetear con el mercader más adinerado del Gran Jaspe. Una mujer inteligente sabría jugar sus cartas en semejante situación, y Puño de Hierro sabía que Marissia era definitivamente inteligente.

—No, no lo es —respondió la Blanca, al cabo—. Pero en estos instantes estabas pensando tal y como debo hacerlo yo en todo momento. Y también Gavin.

—Es más difícil que calcular las posibilidades de que tu rival obtenga una buena mano jugando a las cartas —dijo Puño de Hierro.

—Se mejora con la práctica.



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